Frankenstein y el monstruo que habita en mí

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Frankenstein y el monstruo que habita en mí
Frankenstein y el monstruo que habita en mí

La famosa obra de Mary Shelley, *Frankenstein o el moderno Prometeo*, es una de las más poderosas advertencias sobre los peligros de intentar jugar a ser Dios. El relato de cómo un científico crea vida artificialmente refleja el horror de la humanidad al intentar ir más allá de los límites establecidos por la naturaleza y la moral.

La novela *Frankenstein*, escrita por Mary Shelley en 1818, no solo es uno de los pilares del género de terror, sino también una profunda reflexión sobre los peligros del hubris humano. En la historia, el doctor Víctor Frankenstein, en su afán por dominar la vida y la muerte, crea un monstruo a partir de partes de cuerpos muertos. Sin embargo, cuando se enfrenta al horror de lo que ha creado, se ve atrapado en una lucha con su propia conciencia y con la criatura que ha traído al mundo.

Este mito, que Mary Shelley desarrolló en una noche de tormenta junto a figuras como Lord Byron y Polidori, es más que una historia de horror: es una reflexión sobre la arrogancia humana y la búsqueda desmedida de poder. En el caso de Frankenstein, su intento de dar vida a lo inanimado acaba siendo su perdición, y la criatura que crea se convierte en un reflejo de sus propios demonios internos.

El filósofo y escritor Gonzalo Suárez abordó esta temática en su película *Remando al viento* (1988), que recrea ese verano de 1816 en la Villa Diodati, donde surgieron estos grandes mitos literarios. Suárez nos ofrece una visión de Frankenstein como el reflejo de los monstruos que habitan dentro de cada uno de nosotros. En un momento clave, Shelley, representada en la película, reconoce que el monstruo no es solo su creación, sino también su propia manifestación, un símbolo de su orgullo y ambición desmedida.

El monstruo, creado por Frankenstein, es también un monstruo interno, una metáfora del pecado humano. Esta idea está profundamente relacionada con el concepto bíblico de querer jugar a ser Dios. Desde el Edén, el ser humano ha intentado entender el bien y el mal por sí mismo, buscando la independencia de Dios. La historia de Frankenstein refleja cómo esa búsqueda de poder y control, al igual que la idolatría, distorsiona nuestra realidad, nuestra razón, y nuestros sentimientos.

Al final, como señala el teólogo Tim Keller, la idolatría, o la falsa confianza en algo que no es Dios, puede deformar nuestra visión del mundo, llevándonos a justificar lo malo como bueno. La ansiedad, el miedo y la culpa que vive Frankenstein son consecuencias de no poder revertir lo que se ha hecho, lo que genera un sufrimiento existencial profundo.

La historia de Frankenstein nos enseña que no basta con intentar cambiar nuestra naturaleza o nuestros errores por esfuerzo propio. Solo el amor transformador de Cristo puede reemplazar esos ídolos que tanto daño nos hacen, liberándonos de la esclavitud que produce intentar ser como Dios. Al final, la verdadera libertad solo se encuentra al permitir que Dios ocupe su lugar en nuestras vidas, tal como se dice en Juan 8:31-36: "la verdad os hará libres".

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